Un cirujano O Bone et dulcissime Iesu, Tú que los has soportado, ayúdame para que sepa explicar tus padecimientos. Dr. Pierre Barbet, Cirujano del Hospital San José, París La crucifixión empieza. No será muy complicada. Los verdugos conocen su oficio. Se comenzará desnudándole. El manto superior no presentará ninguna dificultad, pero la túnica se ha adherido íntimamente a las llagas. Por así decirlo, se ha pegado a todo su cuerpo, y este despojo es simplemente... atroz. ¿Ha quitado usted alguna vez una venda puesta inmediatamente a una herida que ya se había secado? ¿Usted mismo ha tenido que sufrir esta operación que en más de un caso exige anestesia? Si es así, entonces podrá entender algo de lo ocurrido a Cristo. Cada hilo de lana se ha hecho una sola cosa con la superficie desnuda y al arrancarlo lleva consigo innumerables terminaciones nerviosas dejadas al aire en la herida. Estos millares de shocks dolorosos se aumentan y multiplican, aumentando cada uno la sensibilidad externa del sistema nervioso. No se trata de una lesión local, sino de casi toda la superficie del cuerpo y, sobre todo, de su desgarrada espalda. Los verdugos, apurados, proceden rudamente. Quizás así sea mejor. Pero, ¿cómo ese dolor agudo, atroz, no le produce un sincope? Es patente que Cristo dirige su Pasión, desde el comienzo hasta el fin. Los verdugos miden. Una vuelta de taladro para abrir el agujero a los clavos, y la horrible operación comienza. Uno de los ayudantes alcanza uno de los brazos con la palma para arriba. El verdugo toma el clavo (un largo clavo puntiagudo, que en la parte cercana a la cabeza mide más de 8 milímetros), lo apoya sobre la muñeca, en la hendidura que él bien conoce. Un solo golpe de su grueso martillo: el clavo ha entrado en la madera. Dos golpes más y quedará fijo sólidamente. Jesús no gritó pero su rostro se contrajo horriblemente. Sobre todo yo he visto en ese instante su dedo pulgar, con un movimiento violento, nervioso, clavarse en la palma: su nervio mediano había sido herido. Siento lo que Él ha debido sufrir: un dolor indecible, lacerante, que se ha desparramado por sus dedos, ha corrido como una flecha de fuego hasta su hombro y ha estallado en el cerebro. Es el dolor más intolerable a un hombre, el que proviene del corte de los grandes núcleos nerviosos. Casi siempre trae consigo el sincope. Jesús no quiso perder el conocimiento. ¡Si hubiera quedado cortado del todo el nervio! pero no, lo sé, sólo fue destruido en parte. La herida del manojo de nervios está tocando el clavo y sobre él, enseguida que sea suspendido el cuerpo, será terriblemente extendido, como se extiende una cuerda de violín sobre su puente. Vibrará a cada sacudida, a cada movimiento, renovando el horrible dolor. Y eso durante tres horas. Le extienden el otro brazo; los mismos gestos se repiten, los mismos dolores. Pero esta vez –fíjese bien– Jesús ya sabe lo que le espera, lo acaba de experimentar en la otra mano. Ya está clavado en el patíbulo (el travesaño horizontal de la cruz), al que se adaptan sus dos hombros y sus dos brazos. Ya tiene forma de cruz. ¡Vamos, de pié! El verdugo y su ayudante sostienen los extremos del patíbulo y enderezan al condenado. Lo hacen retroceder, lo apoyan al poste, desgarrando sus manos perforadas (¡ay de sus nervios medios!). Con un último esfuerzo, a pulso, pues el poste no está muy alto, rápido, porque pesa, enganchan con certera maniobra el patíbulo en lo alto del poste. En su cima dos clavos fijan el título trilingüe: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. El cuerpo colgado de los brazos que se extienden oblicuamente es agobiante. Los hombros heridos por los latigazos y el peso de la cruz, han raspado, dolorosamente, el áspero madero. La nuca que sobrepasa al patíbulo, ha golpeado contra él al pasar, para terminar apoyándose en lo alto del poste. Las puntas afiladas del gran casquete de espinas, ha desgarrado el cráneo más profundamente aún. Su pobre cabeza cuelga hacia delante, pues el grosor de la corona le impide reposar sobre el madero; y cada vez que la endereza renueva sus punzadas. El cuerpo pendiente no está sostenido más que por los dos clavos hincados en los dos carpos (¡ay de los nervios medios!). Podría quedar así. El cuerpo no se inclinará adelante, pero la costumbre es fijar también los pies. El pie izquierdo de plano sobre la cruz. De un sólo golpe de martillo el clavo se hunde por medio (entre el segundo y el tercer metatarsiano). El ayudante endereza la otra rodilla y el verdugo, acercando el pie derecho sobre el izquierdo, que el ayudante mantiene plano, con un segundo golpe en el mismo lugar, perfora este pie. Todo se ejecuta con facilidad; luego con fuertes mazazos el clavo penetra en el madero. Aquí, gracias, mi Dios, nada más que un dolor bien banal, pero el suplicio no ha hecho más que comenzar. Entre dos hombres, el trabajo no ha llevado más que unos minutos y las heridas han sangrado poco. Pasan, luego, a los dos ladrones; y los tres patíbulos se levantan frente a la ciudad deicida. Jesús al comienzo sintió algo de alivio. Después de tantas torturas, para un cuerpo agotado, esa inmovilidad le fue casi un descanso, que coincidió con una bajante de su tono vital. Al poco rato se produce un fenómeno extraño. Los músculos de sus brazos se ponen rígidos, en una contracción que se acentúa por momentos. Sus deltoides, sus bíceps distendidos, se enmarcan en la piel desgarrada. Sus dedos se curvan como garfios. ¡Calambres! Usted ha experimentado ese dolor agudo y progresivo, en una pierna, entre las costillas, en cualquier parte del cuerpo. Entonces haciendo caso omiso de lo demás, sólo nos ocupamos en relajar los músculos contraídos. Pero contemplemos: ahora los muslos y las piernas, muestran esos rasgos rígidos. Los dedos de los pies se arquean, como si el tétanos hubiera hecho presa en Él con una de esas terribles crisis de las que uno jamás se olvida. Es lo que nosotros llamamos “la tetanía”. La generalización de los calambres en todo el cuerpo. Comienza por los músculos del vientre, luego los intercostales, los del cuello, por fin los respiratorios. Su hálito se va haciendo cada vez más corto, más superficial. La tensión muscular se ha duplicado en las costillas ya levantadas por la fracción de los brazos. El aire entra silbando, pero ya casi no sale. Respira ansiosamente, inspira un poco, pero ya no puede inspirar más. Tiene sed de aire (está como los asmáticos en los momentos más agudos del ataque). Su rostro pálido ha enrojecido poco a poco, ha pasado al púrpura, al violeta, por fin al azul. Se asfixia. Sus pulmones repletos de aire no pueden vaciarse. Su frente está cubierta de sudor. Sus ojos desorbitados bailan inyectados en sangre. ¡Qué horrible dolor debe martillear su cráneo! Va a morir. Quizá sea mejor: ¿No ha sufrido ya demasiado?... Pero aún no ha llegado su hora. Ni la sed, ni la hemorragia, ni el dolor, acabarán con el Hombre Dios. Morirá con esos síntomas, pero morirá porque Él lo quiere. ¿Qué ocurre? Lentamente, con un esfuerzo sobrehumano se ha apoyado sobre el clavo de los pies. Sí, sobre sus llagas, los empeines y las rodillas se extienden poco a poco y el cuerpo se alza despacito aliviando la tensión de los brazos. Entonces, por sí mismo, comienza a ceder el terrible fenómeno. La tetanía disminuye. Los músculos se aflojan, al menos los del pecho. La respiración se hace más fácil y profunda; los pulmones se renuevan, enseguida el rostro adquiere su palidez de antes. ¿Para qué todo ese esfuerzo? Cristo nos va a hablar: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. ¡Oh, sí! perdónanos a nosotros, sus verdugos. Pero su cuerpo nuevamente baja. La tetanía empieza de nuevo... Y cada vez que habla, (siete palabras conservamos) y cada vez que quiere respirar, tiene que apoyarse nuevamente sobre el clavo de sus Pies. Y cada movimiento repercute en sus manos, con dolores atroces (¡ay de sus nervios medios!). Es la asfixia periódica del desgraciado a quien se estrangula y luego se deja volver a la vida, para sofocarle una y otra vez. Cristo no puede escapar de esta asfixia sino a costa de horribles dolores y mediante un acto voluntario. Y esto ¡va a durar tres horas!... Muere ya, mi Dios. Pero mi pobre Cristo, –perdona a este cirujano–, todas tus llagas están infectadas. Veo claramente salir de ellas una linfa clara y transparente. Jesús sigue luchando; de cuando en cuando se yergue. Todos sus dolores, su sed, sus calambres, la asfixia y las vibraciones de sus dos nervios medios, no le han arrancado ni un sólo gemido. Por fin han pasado las tres horas largas. Sabe que ya es la hora de partir, exclama: “Todo está consumado”. El Cáliz ya esta vacío. La tarea acabada. Luego, en un supremo esfuerzo, para hacernos comprender que muere voluntariamente, se endereza por última vez y dando un grito exclama: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. En un último suspiro inclinó suavemente la cabeza, su mentón se apoyó en su esternón. Y murió cuando quiso. “Se entregó porque quiso”. Ha dirigido toda su Pasión sin ahorrar ni un sólo padecimiento. Aceptando las consecuencias fisiológicas, pero sin ser dominado por ellas. Murió cuando y como quiso. Y ahora, lector ¡agradezcamos a Dios! que me ha dado ánimos para llegar hasta el fin, no sin lágrimas. Todos estos dolores espantosos que hemos vivido con Él, durante toda su vida los previó, los meditó, los quiso en su Amor, para pagar nuestras caídas. Jesús está en agonía hasta el fin de los tiempos. Es justo, es bueno sufrir con Él y agradecerle cuando nos envía el dolor, asociándose al suyo. ¡Oh Jesús! ¿Quién no hubiera tenido compasión de Ti? Tú que eres Dios, ten también compasión de mí, que soy un pecador. Cuando un cirujano ha meditado los sufrimientos de la crucifixión, cuando ha analizado los tiempos y las circunstancias fisiológicas, cuando se ha dedicado a reconstruir metódicamente todas las etapas de ese martirio, de una noche y un día, puede, mejor que el más elocuente de los predicadores, compadecer los dolores de Cristo. Yo le aseguro a usted que es algo terrible; y de mi parte le confieso que he resuelto, a veces, no volver a pensar más en ellos. (Cuando el Papa Pio XII escuchó del Dr. Pierre Barbet la explicación médica del padecimiento de Cristo en la Cruz, empalideció de angustia y exclamó: “No lo sabíamos, nunca nadie nos lo había dicho”.) |