La Ley de Moisés27/03/2009inicio|anterior|siguiente

Impío y gentil, enfermo con herida ulcerosa y purulenta, persona afectada por flujo menstrual o de sangre, y cadáver humano o animal, eran considerados por la Ley de Moisés impuros y transmisores de impureza: quien tuviese contacto con ellos o con objeto por éstos tocado, quedaba impuro, debiendo dejar pasar todo el día y practicar luego un lavado ritual para volver a quedar puro.

Si tan sólo un insecto caía en un guiso, la Ley ordenaba desechar el guiso y destruir el traste y el fogón, indirectamente contaminados por el insecto. Los leprosos tenían la obligación de gritar: “¡Impuro!”, por los caminos, para alertar a las personas de que su sola cercanía acarreaba impureza; y habitaban fuera de la ciudad, para no contaminarla.

Para los practicantes de la Ley de Moisés, Jesús quedó impuro desde antes de ser muerto, cuando el Sumo Sacerdote lo declara blasfemo, es decir, impío, y por ello rasga sus vestiduras. A partir de entonces, para los judíos, tocarlo implicaba quedar impuro y por ello inhabilitado para participar en la fiesta de la Pascua –en la que ya se insertaba la víspera en la que Jesús fue procesado, con los preparativos para celebrarla. Los acusadores de Jesús no entraron al Pretorio donde despachaba Pilatos, porque, como recinto gentil, les transmitía impureza. Así que Pilatos tuvo que salir para atenderlos.

A esto alude Juan al consignar que a Jesús se le sepultó de acuerdo a la costumbre judía, es decir, sin tocarlo.

Lo terminante de esta norma se deduce del breve fragmento del Evangelio de Bernabé que ha subsistido, que en su versículo 6 recoge la postura de María al enterarse de que su Hijo ha sido condenado: “Y, temerosa de Dios, y aun sabiendo que el decreto del Gran Sacerdote era injusto, ordenó a los que residían con ella que olvidasen a su Hijo, profeta tan santo, y muerto, sin embargo, con tanta ignominia”.

Qué dolor de Madre, no poder tocar siquiera a su Hijo durante su Pasión y Muerte, y qué sentimientos tan contrapuestos la asaltarían, pues desde los tres años y hasta su boda, María había sido educada en el amor a Dios y a su Ley en el Templo, por los mismos sacerdotes a quienes veneraba como sus verdaderos padres y que ahora condenaban a muerte a su Hijo.