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Ante la negativa de Tiberio para regresarle la Sábana, Verónica buscó la
manera de quedarse lo más cerca posible de esta. Observó que un pintor
trabajaba embelleciendo las estancias de Villa Jovis y recurrió a éste para
ofrecerse a trabajar como su ayudante aprendiz. De esta manera, además,
tendría medios para sobrevivir y ahorrar para el viaje de regreso a
Jerusalén, en tanto esperaba la ocasión de recuperar la Sábana. Por eso se postula que Verónica es la autora de la Tabla de Edessa: en Villa Jovis ha aprendido pintura de la mano de un maestro de la escuela plástica greco romana, es judía, tiene un historial de infracciones a la Ley de Moisés, ha conocido a Calígula, sabe cuáles son las características físicas y el contenido del Sudario, en Edessa fracasa su intento de alcanzar Jerusalén, pues ahí aparece la Sábana. Pinta la Tabla para pedirle a Abgar que atesore la Sábana y envíe un emisario a Jerusalén a pedir el Sudario a Nicodemo con la Tabla como propio, por lo cual, en justicia, a la Tabla de Edessa se le puede denominar el Códice de la Verónica. Una vez que ha partido con la Sábana de Villa Jovis, en Capri, a su paso por Roma Verónica halló refugio en la catacumba de san Marcelino y san Pedro para guarecerse de la intemperie y reponer fuerzas antes de continuar su largo peregrinaje. Ante la insistencia de los eventuales contertulios que ahí halló –forasteros y menesterosos– por saber cómo era aquél sobre el que versaba toda su conversación, y recelando mostrar la Sábana, pinta a Jesús para dárselos a conocer como le pedían, físicamente, por lo cual vuelve a inflingir la Ley de Moisés. El gran parecido de Jesús aquí, y de Calígula en el Códice, nos informa que Verónica llegó a ser una fina retratista. |