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Inmediato a la muerte de Verónica llegaron a Edessa Judas Tadeo y
Simón el celota o el cananeo, que por entonces recorrían Mesopotamia
predicando. Entonces Abgar, entusiasta, participó a los Apóstoles su
posesión de la Sábana legada por Verónica y su encomienda de enviar por
el Sudario a Jerusalén. Judas reaccionó de inmediato –Simón era más reflexivo y menos fogoso–
apelando a su autoridad apostólica le exigió a Abgar que confinara la
Sábana, pues –según la cultura judía que lo constituía persona– era una
mortaja contaminante, y que por eso mismo desistiera de enviar a su
emisario a Jerusalén por el Sudario –es probable que Judas fuera uno de
los que exigía a los conversos circuncidarse, cuestión que repelerá
Pablo y que se definirá según el criterio de el de Tarso en el primer
Concilio de Jerusalén–. Con gran pesar, pero agradecido por la salud recibida mediante Addai y en su calidad de catecúmeno, el rey armenio acató la
orden del
primo del Señor: arrolló la Sábana y la metió dentro de un jarrón que
mandó colocar en el nicho sobre la puerta occidental del muro que
circundaba Edessa y mandó tapiar el nicho. De ahí se recuperaría 500
años después, desconocido ya su origen, cuando se demolió esa parte del
muro para respetar el cauce del torrente y solucionar así las
inundaciones que por entonces aquejaron la ciudad y marcaron la Sábana. |