Un consuelo prodigioso22/05/2009inicio|anterior|siguiente
Conturbado, Judas Tadeo buscó refugio en la oración, elevó incesantes plegarias para que Jesús consolara de alguna manera a Abgar, que había mostrado obediencia y humildad. Al incorporarse y quitarse el taled con el que se cubría la cabeza para orar, observó que en éste había aparecido el Rostro de Jesús. Alzó su vista en acción de gracias y presto se dirigió a donde Abgar para reponerle con el acheiropoieto su renuncia a la Sábana y el Sudario. Pero mientras caminaba le asaltó a Judas el nuevo dilema en el que se veía enfrascado: la Ley judía prohibía las imágenes, sin embargo, había sido en oración que la imagen había aparecido. Alzó su vista, como buscando la mirada de Jesús que jugaba con él de tal manera.

Judas no comprendió la monición divina e, intempestivo –le apremiaba reivindicarse ante Abgar con tan prodigioso consuelo–, lo resolvió como mejor pudo: la imagen era una personal recompensa divina exclusiva para Abgar por su obediencia y humildad, para nadie más, pues a nadie más –pensaba Judas– afectaba que quedaran confinados la Sábana y el Sudario. Así que al extendérselo, le exigió a Abgar guardar el más absoluto silencio respecto a la Sábana, al Sudario, a la proscrita Verónica y a la misteriosa imagen impresa en su taled que ahora le extendía para regalárselo; nadie, sino él, era el destinatario del mandylion con el acheiropoieto, con el cual el Señor premiaba su obediencia. Que callara él y ordenara callar a su corte. Y pidiera ser enterrado con éste al término de sus días –tradicionalmente el judío es sepultado con su taled puesto–. Judas pensó así conjurar de una vez por todas lo que como israelita consideró herejía.

Judas no incluyó en su admonición el retrato de Jesús hecho por Hanan y el Códice de La Verónica, porque al ver la reacción inicial de Judas respecto a la Sábana y el Sudario, Abgar prefirió callar sobre éstos y sobre la carta de Jesús.